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miércoles, 25 de agosto de 2010

Me armo de valor. Lo guardo en los bolsillos, saturo mis parpados...

Huele a desinfectante y medicamentos. Hay una mujer sentada a mi derecha que mueve intermitentemente sus piernas.
La anciana que ocupa el asiento frente a mí mantiene las manos juntas, se quita el esmalte del dedo índice izquierdo con el índice derecho, luego eleva las manos pero no sé hasta dónde, eso ya no queda dentro de mi campo de visión.
Hoy la consulta está casi vacía, es verano, todo el mundo sale en busca de recuerdos, todo el que puede recordarlos. Todos menos yo. Miro mis cordones, están mordisqueados y desgastados ¿Quién habrá sido? ¿Acaso tengo un animal en casa? ¿Acaso tengo casa, y he dejado por lo tanto de vivir con mis padres?
Todos los recuerdos se unen superponiéndose y se mueven tanto en mi cabeza que lo llenan todo de polvo y termino por no ver nada. Por no recordar nada. Como una tormenta de arena.
Suspiro. Me armo de valor. Lo guardo en los bolsillos, saturo mis parpados, lo amontono en mis labios para que no me falten las palabras al hablar, o más bien, para que no se me olviden todas de golpe. Me aseguro de estar aun de una pieza, y sigo enfrascando el valor en cada poro de mi cuerpo y si…

-Marina ¿Qué tal estás hoy? Es tu turno, puedes pasar a consulta, cierra la puerta al entrar.

domingo, 21 de marzo de 2010

Marina estrujaba con sus manos la camiseta...

Entró en la cocina, llevaba una camiseta de algún superhéroe de esos que antes le recordaban a su padre, aunque ahora ni siquiera sabía lo que era un superhéroe.
-Y tú ¿Quién demonios eres?
-Marina, cielo, soy yo, soy Héctor, ¿te has tomado la medicación hoy?
-¿Qué medicación? ¿De qué demonios estás hablando? Me vas a explicar ahora mismo cómo has entrado en mi casa, y como no te largues llamaré a la policía.
Héctor puso sobre la mesa un cuaderno verde, verde como los ojos llenos de furia de Marina, como toda una explosión de los colores de un bosque. Marina se aproximó dudosa, mientras él pasaba las hojas buscando su propio nombre. -Ven cariño, lee esto en voz alta.- Marina estrujaba con sus manos la camiseta, cogió una bocanada de aire muy grande para comenzar a leer en alto:
-Héctor, hombre del norte, veinticinco años, ojos oscuros como el carbón, no espera, aun más oscuros, pelo negro, no, rubio, debo comprobarlo. Efectivamente, es negro. Sonrisa perfecta, a veces da abrazos de oso polar y me dice que los superhéroes eran como mi padre, fugaces y rápidos, descripción que irremediablemente hace que en mi cabeza golpe la palabra Alzheimer, y es un sentimiento dulce, caótico, porque yo al igual que mi padre no podré continuar escribiendo toda mi vida, o acabaré volviendo loca a la gente que me rodea. – Marina se tragó todas sus lágrimas pero sus piernas le fallaron y se derrumbó antes de que Héctor pudiese atraparla entre sus brazos.

domingo, 14 de febrero de 2010

"miró el desagüe y se dejó caer por él, se desvaneció"


Estaba casi despierta, casi viva. Marina tenía todo el pelo revuelto, buscaba entre las sábanas recuerdos de su vida, pero no los encontraba, se levantó ágil de la cama, y los rayos del sol le fueron secando los besos que tenía por la piel. Sus labios estaban llenos de manchas oscuras, de moratones dulces. “mierda joder, donde está la libreta, tengo que acordarme, vamos Marina…estaba en el horno, no joder piensa, vamos piensa…¡aquí está!” Se aproximó a la bañera y se asomó, miró el desagüe y se dejó caer por él, se desvaneció y la libreta cayó al agua. “Pero, ¿qué me está pasando? La libreta está empapada, muy bien Marina, así se hacen las cosas, en fin, a ver si al menos…” Pasó las hojas hasta que llegó a la última que estaba escrita y leyó en voz alta “Jueves 20, aparezco despierta en la bañera, el espejo del baño se ha roto, posiblemente me haya cortado los pies porque nunca me acuerdo, no me acuerdo de nada. Visita al médico, dice que mis pérdidas de memoria mejoran, pero Marina se sigue perdiendo, Marina se sigue olvidando de los amores, Marina está asustada, no quiere memoria, tan sólo una libreta nueva”