Huele a desinfectante y medicamentos. Hay una mujer sentada a mi derecha que mueve intermitentemente sus piernas.
La anciana que ocupa el asiento frente a mí mantiene las manos juntas, se quita el esmalte del dedo índice izquierdo con el índice derecho, luego eleva las manos pero no sé hasta dónde, eso ya no queda dentro de mi campo de visión.
Hoy la consulta está casi vacía, es verano, todo el mundo sale en busca de recuerdos, todo el que puede recordarlos. Todos menos yo. Miro mis cordones, están mordisqueados y desgastados ¿Quién habrá sido? ¿Acaso tengo un animal en casa? ¿Acaso tengo casa, y he dejado por lo tanto de vivir con mis padres?
Todos los recuerdos se unen superponiéndose y se mueven tanto en mi cabeza que lo llenan todo de polvo y termino por no ver nada. Por no recordar nada. Como una tormenta de arena.
Suspiro. Me armo de valor. Lo guardo en los bolsillos, saturo mis parpados, lo amontono en mis labios para que no me falten las palabras al hablar, o más bien, para que no se me olviden todas de golpe. Me aseguro de estar aun de una pieza, y sigo enfrascando el valor en cada poro de mi cuerpo y si…
-Marina ¿Qué tal estás hoy? Es tu turno, puedes pasar a consulta, cierra la puerta al entrar.