Tenía las rodillas totalmente destrozadas, estaba más que acostumbrada a arrastrarse por el suelo, a sentir sus pechos rozando con el frío roble, eso la reconfortaba. Motitas de polvo se le habían acomodado en su bonito pelo del color del fuego. El sol no le dio tregua ni en la noche, calentó sus cuatro paredes, le hirvió las arterias, incendió todos sus espejos, el pomo de la puerta ardía y afuera, todo tenía un color dorado. La joven del corazón de hielo armado derritiéndose, la dueña de tempestades en los ojos fundida en el parqué, disuelta en el suelo. Y es que Helena, a quién se le ocurre tocar con esas bonitas manos de escarcha a un sol terrestre.

